Unas matemáticas para el siglo XXI

En estos tiempos, creo que ya no es necesario dar argumentos a nadie para dejar clara la importancia de las matemáticas tanto en la formación de las personas como de su incidencia en el progreso científico y tecnológico. Esta evidencia se conoce desde hace siglos. En El Quijote, para el manchego, lógicamente, se trata de una ciencia que encierra en sí todas o las más ciencias del mundo. Y entonces dice que el que la profesa ha de ser una especie de enciclopedia andante porque ha de ser jurisperito, saber las leyes de la justicia distributiva y conmutativa, ha de ser teólogo, ha de ser médico y principalmente herbolario, ha de ser astrólogo.

Nos referimos, precisamente, a esas matemáticas que cualquier persona, caballero o no, debe aprender en su paso por la Escuela (enseñanza obligatoria), porque le harán falta para desenvolverse por la vida. Como punto de partida, que no se trata solo de impartir conocimientos matemáticos más o menos enciclopédicos. También es necesario desarrollar el pensamiento matemático, es decir, la forma en que, desde las matemáticas se afronta la resolución de problemas

El profesor Luis Balbuena Castellano, uno de los especialistas de IBERCIENCIA en la enseñanza de la matemática, ha publicado algún artículo que consideramos muy importante para el enfoque con el debemos mirar la enseñanza de las matemáticas.

Necesariamente hay que explicar contenidos. Es imprescindible construir el edificio del conocimiento matemático desde los primeros contactos con el sistema educativo.

“Si, porque considero que el conocimiento matemático es un edificio que se construye piedra a piedra desde el principio y si esas piedras no están sólidamente colocadas, más tarde o más temprano, repercutirá de manera negativa en la formación que estamos intentando dar a nuestro alumnado”.

“Es más, me atrevo a afirmar que esa “fobia” o rechazo que muchos estudiantes suelen expresar hacia las matemáticas, tiene su origen en una formación que no ha sido sólida”. Es lo que comúnmente se conoce por “no tener base”.

Hay ladrillos de ese edificio que faltan o están mal colocados y ello causa desánimo y rechazo porque, además, el sistema les abandona a su suerte. En bastantes casos, esa deficiente formación no es por culpa del alumnado, sino que éste es más bien víctima de un sistema que marca un ritmo y al que no logra seguirlo, en el mejor de los casos, le ofrece alternativas. Afortunadamente, el profesorado, en general, es consciente de esta situación y procura ayudar a aquellos que muestran interés.

Por otro lado, no es ninguna novedad decir que el sistema educativo es muy conservador. Le cuesta mucho evolucionar.

“Me voy a referir solo a dos aspectos que, en mi opinión, están en el núcleo del problema”. Y es que el sistema no suele recibir de buen grado los avances y la necesidad de renovar tanto contenidos como métodos.

Esta resistencia es otra de las razones por las que el alumnado muestra un cierto desafecto a la disciplina. La considera muy abstracta, alejada de los que son sus intereses inmediatos, que aprenden matemáticas solo para aprender más matemáticas, es decir, una puesta ininterrumpida de esas piedras que nombré antes sin saber muy bien para qué sirven. No es ajena a ese conservadurismo la formación inicial del profesorado.

Algo parecido se puede decir en torno a la metodología. Por palabras del profesor: No trato de rechazar el método tradicional de enseñar porque casi todos nos hemos formado con él y no nos ha ido mal. Solo que se impone complementarlo con nuevos métodos que tengan en cuenta los poderosos recursos de los que se dispone. Trabajos en proyectos, indagaciones en la red, informes sobre temas, uso de software como GeoGebra, la aparición de impresoras 3D, etc.

Lo interesante de esta situación, sin embargo, es que hay un cierto porcentaje del profesorado que ya lo hace y con magníficos resultados, tanto de adquisición de conocimientos como de acercamiento y afección de los estudiantes hacia las matemáticas. En este sentido, cabe resaltar el importante papel que juegan entes como la Sociedad Isaac Newton o los Centros de Profesores. Hay que seguir en esa línea pues algo que es meridianamente claro es que los cambios solo serán efectivos si se consigue la implicación del profesorado.

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